miércoles, 30 de enero de 2008

Conminar al ángel hacia una conversa.


El ángel de la guarda. Dicen, él está desde el inicio, desde que eres sólo polvo, luego fitoplacton, luego lagartija, así incansablemente, hasta que tu boca haya bebido de todas las tierras, probado todas las clases de ardor, cuando tu vida duraba 24 horas y cuando veías el mundo a blanco y negro; dicen que el ángel guardián te acompaña desde entonces, te mira con rostro encarnado, te toma en sus manos y te lleva hacia lo siguiente, en el longo recorrido de ser parte de dios, ser todo.

Los ángeles fueron hombres, sólo que hace mucho; ya no lo recuerdan, es decir, no pueden cerrar los ojos y traer a su cuerpo la sensación de bañarse en agua helada, la de quemarse el dedo cuando tenías 4 años; ya pasaron todo eso, ahora son materia luminosa enquistada en la forma que nuestros ojos humanos le queremos dar... la que necesitamos ver.

Si los ángeles son testigos leales de nuestro quehacer, entonces por qué no podemos discutir con ellos acerca de las miles de vueltas que nos da la vida, que nos da la mente. Quisiera voltearme en la cama y tener tu cara de ángel y hablar, hablar horas interminables, exquisitas, de respiración profunda, de contrición, de arrepentimiento, de ratificación; quisiera vomitarle a mi ángel mis emociones, mis sentimientos, mi miedo, mi alegría; quién más idóneo que él, quién más adecuado, sino es el que me acompañó hasta cuando era una criatura que se arrastraba por entre las piedras; imagino que eso mismo que describo, lo de conversar y blablabla, lo hace uno con los amigos, con el compañero, con la mamá; pero en serio, quiero hablar muchísimo y sin mover los labios, verbalizando se van las esencias muchas veces, o se reinventan.

Tócame el hombro, ángel. Tócame, sé que existes, quiero más.

O tal vez, debemos empezar por en principio. Está bien, lo haremos tu usanza:

Angel de la guarda, dulce compañía...

4 comentarios:

Fedora Martínez dijo...

Hasta mañana. Duerme con los angelitos.

Víctor Hugo Velázquez Cabrera dijo...

Árboles como ángeles


Desde los antediluvianos y enormes secuoyas alanceados por veloces autopistas en la polvorienta California de fray Junípero Serra, hasta el humilde sauce que saluda el aire de mi jardín, siempre me han seducido los árboles que, con fronda rumorosa, han sombreado remotos días de una infancia que creía hundida en la soledad de caminos jamás transitados por nadie. Plenos de dudas, cargados de consuelo, siempre a punto de decirme algo. Arboles visitados en meditadas, largas caminatas, frescas pascanas de descansado sueño que, de pronto, solían aborregarse en oscuras nubes,
lloviendo su ansiedad y desconcierto: ¿Es que esto somos? ¿Para sólo morir hemos nacido?...¿Para sólo morir, morimos tanto?

No fue sino hasta que leí el Tercer Diario de Arguedas (l969) que comprendí el sentido de esas presencias angelicales y recordé también haber leído, sin entender, mecido solamente por su música verbal, el soberbio Libro de la Naturaleza de Vallejo (1937):

Profesor de sollozo - he dicho a un árbol -
palo de azogue, tilo rumoreante,
a la orilla del Marne, un buen alumno
leyendo va en tu naipe, en tu hojarasca,
entre el agua evidente y el sol falso,
su tres de copas, su caballo de oros.

Rector de los capítulos del cielo,
técnico en gritos, árbol consciente, fuerte,
fluvial, doble, solar, doble, fanático,
conocedor de rosas cardinales ...

Oh profesor, de haber tanto ignorado,
oh rector, de temblar tanto en el aire,
oh técnico, de tanto que te inclinas
oh tilo ! oh palo rumoroso junto al Marne !


Y ahora, de pronto, las palabras, los versos, se me abrían como sésamos encantados, y comprendía con claridad meridiana esa invocación, esa letanía propiciatoria que me llevaría al corazón del aire encerrado en la fronda, al rumor de las hojas musitando la secreta cifra del universo, al turbión de la savia circulando en los vasos, a la entraña de esa madera tibia y turgente, y recordé entonces, comprendiendo, el haiku de Ryota (1630):

Vuelvo irritado,
mas luego en el jardin:
el joven sauce...

Dice Arguedas: "El pino de ciento veinte metros de altura que está en el patio de la Casa Reisser y Curioni y que domina todos los horizontes de esta ciudad intensa...llegó a ser mi mejor amigo... A dos metros de su tronco poderoso, renegrido, se oye un ruido, el típico que brota a los pies de estos solitarios...Desde cerca, no se puede ver mucho su altura, sino sólo su majestad y oir ese ruido subterráneo... Le hablé con respeto...Oía su voz, que es la más profunda y cargada de sentido que nunca he escuchado en ninguna otra cosa ni en ninguna otra parte. Un árbol de estos, como el eucalipto de Wayqualpha de mi pueblo, sabe de cuanto hay debajo de la tierra y en los cielos. Conoce la materia de los astros, de todos los tipos de raíces y aguas, insectos, aves y gusanos; y ese conocimiento se transmite directamente en el sonido que emite su tronco...a manera de música, de sabiduría, de consuelo, de inmortalidad. Si te alejas un poco de estos inmensos solitarios ya es su imagen la que contiene todas esas verdades...meciéndose con la lentitud que la carga del peso de su sabiduría y hermosura...le imprime...Este pino renegrido, el más alto que mis ojos han visto, me recibió con benevolencia y ternura. Derramó sobre mi cabeza feliz toda su sombra y su música...intensa y transparente de sabiduría, de amor, así, tan oníricamente penetrante, de la materia de que todos estamos hechos, y que al contacto de esta sombra se inquieta con punzante regocijo, con totalidad. Yo le hablé a ese gigante.”

De modo que esos eran los músicos, callados contrapuntos que desde antiguo amanecían a mi imaginación! Ahora lo sabía! Y si así les hablábamos...si así nos poníamos bajo su dulce amparo...¿qué secretas consignas, qué callada sabiduría nos entregaban en la penumbra sonorosa de sus ramas?

Arguedas, exilado en Arequipa, ajeno a sus molles y eucaliptos, frente a un pino también lejos de su colonia de coníferas. Vallejo, en insólito ostracismo sobre un afluente del Sena, bajo la sombra mansa de un blanco tilo, lejos de sus Andes maternos. Ryota, huyendo de su propia furia en la ternura de un delicado sauce recién venido ...

¿ No será, acaso, que el lenguaje de estas criaturas, lenguaje que supimos y olvidamos, es el lenguaje de los ángeles, del desarraigo, de la desolación?

Sin raigambre y sin suelo ¿no somos acaso dignos de compasión? De esa infinita pasión en que la sintonía con el universo nos envuelve, nos agita y arrastra ? ¿ Cuál otro puede ser el idioma de estos hermanos, de estos ángeles mayores del sonido?

Abolida la conciencia diurna que nos configura, dándonos la ilusión de ser distintos, separados del ser. Esfumada la ingenua posesión de una conciencia única, apartada del ser social y natural en que siempre nos disolvemos como el agua en el agua. Acercados a ese ser apenas sensitivo...¿No somos acaso ese sueño, esa imprecisa madera de la que estamos hechos? ¿No somos esa infinita sed de esencia, de peso y de raíces con que tejemos nuestra ilusión de patria?

Ha de ser por eso que pide el mexicano:

Un sauce de cristal, un chopo de agua,
un alto surtidor que el viento arquea,
un árbol bien plantado mas danzante,
un caminar de río que se curva,
avanza, retrocede, da un rodeo,
y llega siempre, un caminar tranquilo...
Piedra de sol (1964)

Julia Thays dijo...

Has hecho que recuerde Victor Hugo, que en las Mil y una Noches los efrits vivían bajo los árboles; que debajo de éstos tambiénse escondían tesoros infinitos que sólo los hombres de corazón puro, valeroso y humilde podían descubrir.

Recuerdo también, mamá, que en uno de los cuentos que tú me dabas con tanto cariño, había uno de un sauce sabio, que veía cómo el pueblo que lo rodeaba se iba destruyendo por la mano del propio hombre, de su propia gente, fue testigo de que los niños que él había visto nacer, después se volvieron viejos, se murieron; todo transcurrió hasta que se quedó solo, ni siquiera lo cortaron, porque los leñadores depreciaron su madera vieja. Pobre sauce, qué pena que me daba.

También he escuchado en algunas partes de la Sierra que dicen que cuando uno se queda dormido debajo de ciertos árboles se sueña con mundos que no se conocen. Incluso recuerdo haber oído de algún árbol que quería que le entrguen jovencitas para casarse con ellas, darles hijos, de rostro misterioso, ¿o eso me lo estoy inventando?

Muchas gracias por ese comentario tan hermoso.

Y que los dos duerman con los angelitos siempre.

Carmen Luz dijo...

Un día -estaba sentada en una sala donde la gente hacía una meditación dirigida a los ángeles- alguien rozó mi hombro- pero detrás de mi no había nadie. Volví a cerrar los ojos para sumergirme en la tristeza íntima de aquel día, y un viento fresco bañó mi rostro. Miré para ver dónde estaba el ventilador pero no había ninguno y todos sudaban excepto yo. Empecé a pensar que tal vez había extraños de otras dimensiones por ahí, dando vueltas y con cierto temor volví a cerrar los ojos. Una luz intensa pareció venir desde algún lugar más allá de las paredes. Acepté todo, acepté que tal vez "ellos" están allá afuera. Un baño de ternura me acarició el corazón y una certeza calmó mi pena: alrededor de mí hay alguien que me quiere.